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Sonidos. Los odias o los amas

Por Mar Guerrero, Directora Creativa Ejecutiva

¿Sabes que una de las preguntas-trampa más recurrente en las entrevistas de trabajo tiene que ver con los sonidos que más te alteran o más te gustan? Te recomendamos ser sincero si alguna vez tienes que responder a esta pregunta ya que el del oído es uno de los sentidos menos manipulable. Oyes o no oyes, por lo que cuando un sonido no nos gusta lo tenemos difícil para evadirnos de él. Nos penetra en el cerebro llegando incluso a impedirnos pensar con claridad. Y eso, en nuestra profesión, es una verdadera lata.

Por lo tanto, y para intentar mantener alejados de nuestra gente los sonidos irritantes, hemos realizado este test entre nuestros compañeros de trabajo y el resultado ha sido que nuestro cerebro se bloquea con… Sí, lo has adivinado, el del despertador es el sonido más odiado por antonomasia. Otros sonidos que tienen que ver con la interrupción del descanso nocturno tampoco salen muy bien parados: los ronquidos, la sirena del camión de basura a las 2 de la mañana, o una pesa golpeando el suelo cuando vives encima de un gimnasio abierto las 24 horas.

El segundo sonido que menos nos gusta es el ruido del tráfico: los motores de los coches en los atascos, acelerones y frenadas, bocinazos… Dentro de nuestra propia casa también existen amenazas auditivas, como el goteo del agua de un grifo mal cerrado, el secador de pelo (¿Acaso no es posible expulsar aire caliente sin tantísimo ruido?) o el sonido de alguien cacharreando en la cocina a primera hora de la mañana. Y en nuestro lugar de trabajo nos molesta el timbre del teléfono a partir de la cuarta vez que suena y nadie lo coge, y sigue y sigue sonando en toda la oficina, el zumbido del aire acondicionado o “los gallineros”: conversaciones cruzadas de gente pisándose unos a otros.

Otros sonidos incómodos tienen que ver con la falta de educación, como el ruidito que hace la gente al escupir o el que se hace al comer palomitas en el cine… En este apartado nos podríamos extender más, pero lo vamos a dejar aquí.

Por último, existen sonidos que, además de impactarnos el oído, tienen algo de filosóficos, como el del tic-tac del reloj o el del hielo rajándose.

Tan poéticos como estos, pero que nos encantan, nos inspiran y nos relajan, están el canto de los pájaros mientras paseamos por el bosque, el sonido de la lluvia (visisivisisivisisisisi…), el del mar en cualquiera de sus formas (mar en calma, mar bravo, el chop-chop contra el casco de una barca…), el ronroneo de nuestro gato, el chisporroteo de una hoguera o el respirar profundo de alguien a quien amamos. Pero nuestro preferido, en el primer lugar del ranking casi por unanimidad, es el de la risa de nuestros hijos: esa risa cascabelera que calienta el corazón, levanta el ánimo y, cuidado, ¡es contagiosa! Esa risa descontrolada, esas carcajadas tronchantes que no tienen fin.

Analizando todas las respuestas obtenidas, intentaremos aislar las oficinas con doble cristal, bajar el volumen de los teléfonos, respetar el turno de palabra y, sobre todo, ser educados. Y para disfrutar de los sonidos que más nos gustan, nos esforzaremos en llegar a casa a una hora decente, y así poder compartir con nuestros hijos sus increíbles risas.